FRONTERAS

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Los pueblos no conocen fronteras. No tienen. No las hacen. No las necesitan.  Son los Estados, el Poder, el Patriarcado, la Propiedad quienes construyen muros divisorios, plantan fronteras imaginarias en lugares muy reales y concretos y quiebran el continuum que los pueblos hacen sobre la faz del planeta que habitamos.

Las montañas no dividen, al contrario, dan lugar a puertos y pasos para que transiten los pueblos y las personas. Los ríos dan lugar a vados y remansos por donde pasa la gente antes de levantar puentes. Los desiertos están sembrados de oasis que son las postas de los pueblos que los surcan. No hay selva o bosque que no tenga una huella creada por animales anteriores al paso de la humanidad y reforzados por ella. Todo es un camino en el mundo que vivimos y nada, realmente, es un obstáculo o frontera para los pueblos que lo caminan.

Por eso mismo, contra eso mismo, es que los Estados dibujan fronteras imaginarias en mapas imaginarios que debemos aprender de memoria en las escuelas bien concretas a las que nos fuerzan a ir en nuestra infancia, para que el dibujo a colores del mundo imaginario de Estados y fronteras se quede bien instalado en nuestras mentes y tratemos, como población de Estados que también somos, de hacerlos realidad en nuestra forma de relacionarnos con las gentes.
Pues es en la relación con las gentes, relaciones domesticadas por el Estado, la Propiedad y el Patriarcado, donde las fronteras imaginarias intentan hacerse realidad: en el juego de los niños, en la hinchada del club o la selección, en el cantito patriota, en la desconfianza al color de piel que no es del barrio, en la sospecha en el acento que no corresponde a los escuchados en la infancia. Desconfianza, sospecha, temor son las emociones que despliegan los Estados para fortalecer ese egoísmo colectivo que es el amor a las fronteras propias, a lo que hay dentro de ellas y el temor, el odio o la envidia a lo que esté fuera.

Los pueblos transitan y viven en transiciones, históricas y geográficas. Circulan y en esa circulación se renuevan y enmiendan. Como son transiciones largas, de largo aliento, consumadas en muchas generaciones, los Estados aprovechan un momento, un instante de esa parte del colectivo humano que es un pueblo, para instalar en una geografía un Estado, con una centralidad, un congelamiento cultural que sirve para frenar (para explotar) a los pueblos y favorecer a la Propiedad y el Patriarcado.

Los pueblos como no son Estado, sino todo lo contrario (por más que en su faceta “gente”, “población”, “consumidores”, “habitantes” o cualquiera de las que los Estados les intentan inocular en las escuelas y en las pantallas nos quieran convencer que no somos pueblos que caminan) se infiltran por entre las rejas, por sobre los muros, con o sin visas, con o sin permisos, por todas las vías posibles e imposibles, en los lugares a los cuales van por la razón que sea, principalmente la de pervivir, hacer, haber.
En los lugares a los cuales llegan, frente a la represión y explotación que ofrecen los Estados, la Propiedad y el Patriarcado, los pueblos ofrecen hospitalidad, cariño e intercambios de curiosidad.

Las diferencias entre pueblos son motivo de curiosidad y alegría, del reconocimiento afectuoso de la diferencia que es la creatividad de los pueblos que se oponen, en la mejor de las resistencias, al maltrato, discriminación, vulneración, explotación y sometimiento que ofrecen los Estados como el relacionamiento desigual y violento que instalan que se llama “relación de Poder” o Poder, a secas.

Ante quien migra los pueblos dan cariño, protección y ánimo. Ante quien migra los Estados ofrecen policía, aduana y restricciones.
Usted: sea pueblo, sea Estado. Opte.

Pelao Carvallo
21 de julio de 2017

Inspirado no estrictamente en algunas palabras de Agustín García Calvo

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